Las cataratas son la única escala del viaje que no admite competencia: 275 saltos en plena selva, la Garganta del Diablo como clímax y un parque nacional que se recorre mejor desde el primer tren de la mañana. La regla de oro del visitante es una sola: madrugar — el parque temprano es otro planeta que el parque a mediodía.
Esa regla ordena todo lo demás. El día pertenece al parque (y al lado brasileño, si el pasaporte acompaña — trámites EDITABLE); la tarde, a la siesta y al hito de las tres fronteras con su atardecer sobre dos ríos; la noche, al pueblo: chico, selvático, de gastronomía en crecimiento.
La velada, en ese esquema, es un epílogo dimensionado: el casino del eje hotelero — concesión del IPLyC, ficha con estatus editable — queda a un taxi corto, y la revista repite su aritmética de siempre: los dos números se fijan en la cena, porque la Garganta del Diablo no espera a los trasnochados. La vuelta al hotel va en taxi por la selva: de noche, la ruta es de los animales — coatíes incluidos.